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Sin Fronteras | Jesús Pérez, medio siglo predicando y enseñando bajo el sol del Caribe

Jesús Pérez celebra su 77 cumpleaños este año junto con otros profesores

por Mariela Estévez Campos | Fotos cortesía de Jesús Pérez

El salesiano barakaldés Jesús Pérez (1936) salió hacia Cuba en 1955 y tres años después se fue a Inglaterra a estudiar teología. Tras el triunfo de la revolución liderada por Fidel Castro que le impidió regresar a la isla, sus superiores lo enviaron a República Dominicana, donde lleva 51 años compaginando su labor sacerdotal en una parroquia con su trabajo como profesor de Matemáticas y Física en enseñanzas medias. Ha ocupado puestos en la Administración local y provincial de ese país y en la actualidad, mientras sus compañeros del colegio de los salesianos de Barakaldo donde estudió llevan tiempo jubilados, sigue dando clases a los alumnos del último curso de bachillerato, preparándoles para el ingreso en la universidad. Aunque vuelve a la anteiglesia cada tres años y lee todos los días ‘El Correo’ para seguir conectado con su tierra, se inclina por terminar sus días en Santo Domingo donde ha trascurrido la mayor parte de su vida.

En 1962, al llegar a República Dominicana
Pregunta. ¿Cuánto tiempo lleva fuera de Barakaldo?
Respuesta. Salí en el año 1949 para comenzar mis estudios en el seminario salesiano de Astudillo, en Palencia. Son, pues, 64 años.

P. ¿Cómo era la Cuba que usted conoció en 1955?
R. Muy distinta de la actual. En aquel tiempo era un país muy desarrollado. Tal vez más que los otros países de América Latina. No obstante los aspectos negativos, Cuba podía enorgullecerse de ser un país con un alto índice de educación, fruto de tres universidades, tres grandes editoriales y una red de enseñanza pública y privada muy buena. Los maestros y maestras de la enseñanza primaria eran, en su mayoría, titulados en educación y supervisados por el ministerio. Una gran mentira de la revolución castrista es seguir diciendo que Cuba era un país de analfabetos.

P. ¿Influyó para que se fuera de allí el ambiente prerevolucionario?
R. No. Yo viví y trabajé en Cuba entre los años 1955 y 1958, siendo profesor de cuarto grado de primaria en el colegio salesiano San Julián, en Güines, en La Habana. Fue en esos años cuando Fidel Castro se fue a Sierra Maestra. Así, pues, viví los años de la prerevolución, constatando el apoyo general del pueblo cubano al movimiento de Castro. Pero viví sin dificultad ni enfrentamientos.

P. ¿No tenía problemas por ser religioso?
R. En aquel tiempo, ni la Iglesia, como institución, ni los curas, como personas, eran objeto de discriminación ni de persecución. Eso vendría más tarde. Salí de Cuba en septiembre de 1958, para continuar el proceso de formación sacerdotal mediante el estudio de la teología. Castro entraría triunfante en La Habana al final de diciembre de ese mismo año.

P. ¿Por qué eligió para estudiar teología Inglaterra y no Roma?
R. El director salesiano que tuve en esos años en Cuba era un ‘fanático’ del idioma inglés y quería que todos los salesianos de Cuba los hablaran. En ese sentido, presionó al superior provincial para que enviara a los estudiantes de teología a un país de habla inglesa. Así llegué a Inglaterra con otros dos salesianos: uno cubano y otro dominicano. En Inglaterra pasamos cuatro años. Allí nos ordenamos sacerdotes en el año 1962.

P. ¿Cuándo tomó la decisión de ser ordenado?
R. La decisión de ser sacerdote fue una idea que ‘encontré’ en mi cabeza de niño. Descubierta esa idea, no hice más que desarrollarla y seguirla a lo largo de mi educación.

P. ¿Y la de dedicar su vida a las misiones?
R. Surgió en el año de noviciado, en 1953, en Mohernando, Guadalajara. Cuando presenté mi ofrecimiento a los superiores, fui enviado a Cuba.

En 2012 celebró 50 años como sacerdote
P. ¿Nunca se ha planteado volver a ese país?
R. Mi proyecto al salir de Cuba era regresar como sacerdote y seguir trabajando allí. Sin embargo la Revolución ya había entrado en el proceso de persecución y expulsión de sacerdotes y religiosos. No había, pues, posibilidad de regresar. Los superiores me pidieron que fuese a República Dominica. Llegué a ese país en septiembre de 1962 y en él he vivido y trabajado 51 años.

P. ¿Y no ha vuelto a visitar Cuba?
R. Sí, en una ocasión en la que el superior provincial me pidió que visitase las casas salesianas de allí. Fue en enero de 1985 y estuve en las parroquias salesianas de Santiago, Camagüey, Santa Clara y La Habana. Y las cosas que vi eran ¡tan diferentes de mis recuerdos! No me refiero a los cambios concretos que hizo la Revolución. Habría mucho que decir sobre ellos. Unos buenos, otros malos. Me refiero, principalmente, a los cambios en el comportamiento entre los cubanos.

P. ¿Podría poner algún ejemplo?
R. Cuando llegué Cuba en 1955, tuve que viajar en guagua desde La Habana hasta Güines. Me llamó fuertemente la atención el ambiente festivo y familiar de los pasajeros. Más que un autobús de servicio público, aquello era lo típico de una excursión de un grupo de adultos que se conocían, se saludaban y hablaban. En la visita de 1985, 30 años después, viajé varias veces en guagua para desplazarme de una ciudad a otra. En todas tuve la misma triste experiencia: los cubanos no se conocían, no se saludaban, no se hablaban, eran extraños con miedo del compañero de viaje. Para mí, este es un fruto muy amargo del castrismo.

P. ¿Cómo era la situación en Santo Domingo cuando llegó?
R. Pobre, muy pobre. República Dominicana acababa de salir sangrientamente de la dictadura de Trujillo, que la mantuvo, por más de 30 años, subdesarrollada. Económicamente era un país con un solo empleador —el Estado—, con una agricultura minifundista, con escasa o ninguna industria, prácticamente con una sola vía de comunicación —la carretera central— y un nivel educativo bajísimo.

P. ¿Hasta qué punto estaba mal la educación?
R. En nuestro colegio Don Bosco, en la capital, en Santo Domingo, teníamos adolescentes de 12 y 13 años que comenzaban su escolaridad. En las ciudades y pueblos del interior la situación era peor, con un alto índice de absentismo escolar, con el consiguiente analfabetismo.

P. ¿Y ahora?
R. Ahora, después de 50 años, República Dominicana es un país distinto, con una vida política basada en la democracia, con elecciones presidenciales y locales celebradas libremente cada cuatro años. La economía se ha diversificado y, aunque sigue siendo un país agrícola, existe una pequeña pero prometedora industria. Ha aparecido una clase media, antes inexistente. Las vías de comunicación se han multiplicado y se ha puesto en marcha un buen sistema de comunicación entre la capital y las ciudades del interior del país.

Jesús Pérez celebra con su alumnos su 77 cumpleaños.
P. ¿Cuál es la causa de estas diferencias?
R. La educación ha sido el factor de cambio. Hoy en día, niños y niñas tanto de la capital como de las ciudades del interior comienzan su escolaridad a los cinco años. Actualmente existen en el país cuatro universidades de ámbito nacional y otras varias de ámbitos locales, que aseguran la formación académica de nuevos profesionales. Es importante hacer notar la preparación universitaria de maestros y maestras de enseñanza básica y media, aunque es de lamentar que muchos de ellos estén altamente politizados. Con bajos salarios, el sindicato de maestros provoca con mucha frecuencia huelgas que afectan gravemente los resultados de la educación pública.

P. ¿Algún aspecto negativo?
R. A pesar de los logros, República Dominicana sigue siendo un país pobre y pobremente administrado. Faltan muchos puestos de trabajo, lo que provoca una alta tasa de emigración, tanto interna —del campo a la capital— como externa —hacia Estados Unidos y Europa—. Las remesas en efectivo enviadas por los muchos emigrantes y el turismo son las principales fuentes de ingresos para el país.

P. ¿Cómo es la relación con las autoridades?
R. A nivel interno, falta mucha sensibilidad social en los dirigentes políticos, que ven sus puestos como un beneficio personal y administran sus cargos con un paternalismo partidista. El nuevo presidente nacional, Danilo Medina, ha inaugurado un cierto estilo de gobierno que está creando buenas expectativas.

P. ¿Y la relación con la iglesia católica en concreto?
R. Las relaciones Estado–Iglesia son buenas. El trabajo de la Iglesia, en general, como el de las congregaciones religiosas que trabajan en la educación y promoción, es altamente reconocido. Quisiéramos que ese reconocimiento se tradujera en ayudas concretas para trabajar sin tantas dificultades económicas en favor de los más pobres del país. Hay muchas promesas que no se concretan por culpa de una burocracia que las entorpece.

P. ¿En qué ha consistido su labor en ese país?
R. Mi trabajo ha sido académico. Desde que llegué a República Dominicana he sido profesor de Matemáticas y Física en la enseñanza media. Aunque he ocupado puestos en la Administración, tanto a nivel local, como a nivel provincial, aún sigo dando clases a los alumnos del último curso de bachillerato, preparándoles para el ingreso en la universidad. Aparte de la enseñanza, el trabajo sacerdotal en la parroquia ocupa también una parte importante de mi tiempo.

P. ¿Trabajan también con el vecino Haití y con sus refugiados?
R. Personalmente no he trabajado con los haitianos. La Iglesia dominicana sí tiene y desarrolla una pastoral con los haitianos, que buscan, la mayor parte de ellos ilegalmente, una mejora de vida que no encuentran en su país. Esa situación de ilegalidad hace muy difícil el trabajo pastoral y la integración en la vida dominicana.

Pérez, este año, con su sobrina en Santurtzi.
P. ¿Cómo es la relación entre el Gobierno dominicano y los haitianos?
R. La relación dominico–haitiana nunca ha sido fácil en los dos últimos siglos. Cabe recordar que Haití nace del reparto de la isla Hispaniola entre España y Francia para solventar sus diferencias. Francia ‘importa’ los esclavos negros, que ocupan la parte occidental de la isla y que en un momento invaden y dominan la parte oriental. República Dominicana, ya independiente de España, tendrá que conquistar de nuevo su independencia de Haití. Fue el 27 de febrero de 1844.

P. ¿Qué factores dificultan la relación de vecindad?
R. Son dos países totalmente diferentes por el idioma, la raza, la religión y las costumbres. En el sucederse de los años, con luchas y dictaduras internas, ambos países se han desarrollado desigualmente: mientras República Dominicana prospera lentamente, Haití se hunde en una miseria cada vez mayor. Los haitianos buscan en el país vecino una mejoría que no encuentran en el suyo.

P. Pero República Dominicana tiene también altos niveles de pobreza.
R. En el corte de la caña de azúcar y en la vida en los bateyes, los haitianos compartirán con los dominicanos las durezas de la pobreza y la miseria. La vida y el trabajo en los bateyes es esclavitud tanto para unos como para otros, no por disposiciones legales sino por la avaricia y maltrato de los terratenientes. La diferente mentalidad de ambos conglomerados hace que los dominicanos, poco a poco, mejoren y abandonen la vida en los bateyes, mientras que los haitianos se contentan con la triste ‘mejoría’ que han encontrado, y que es, con mucho, mejor que la vida que tenían en Haití.

P. ¿Pero existe diferencia desde el punto de vista legal?
R. A nivel oficial no existe ninguna discriminación contra los haitianos, como no existe discriminación entre blancos, mulatos y negros de República Dominicana. Pero, de la misma manera que existe un ‘racismo’ que enfrenta a blancos y negros, existe un ‘racismo’ entre dominicanos y haitianos. Mi análisis puede parecer muy simplista, pero es fruto de un cierto conocimiento de ambos países: de República Dominicana, donde vivo y trabajo, y de Haití, a donde he viajado cuatro o cinco veces por año, durante 16 años, cuando, desde 1972 a 1988, visitaba las casas salesianas de ese país.

P. ¿Vuelve a menudo a Barakaldo?
R. Suelo hacerlo cada tres años.

P. ¿Cómo fue su infancia en la anteiglesia?
R. Mis recuerdos son buenos, tanto por la familia como por el ambiente salesiano en que me eduqué, primero en el colegio de Burceña —cuatro años— y luego dos años en el colegio de Barakaldo. Desde este colegio salí en 1949 para ingresar en el seminario en Palencia.

P. ¿Era un alumno estudioso?
R. Más o menos del montón, pero sin repetir nunca curso. Más bien, en dos ocasiones, una en los años de primaria y otra en el bachillerato, hice dos cursos en un año.

La celebración de su 77 cumpleaños con compañeros profesores
P. ¿Qué respondía cuando le preguntaban qué quería ser de mayor?
R. Mi respuesta era siempre la misma: “yo quiero ser cura”.  Nunca tuve otra respuesta

P. ¿Qué echaba de menos de Barakaldo cuando se fue?
R. No echaba nada de menos para buscarlo en otros climas que no conocía.  En realidad dejé mi pueblo porque quería ser sacerdote salesiano y ello suponía la movilidad de un lugar a otro. Pero no me arrepiento. La experiencia ha sido causa de muchas alegrías.

P. ¿Le costó adaptarse al clima?
R. No. Gracias a Dios, no me he sentido nunca molesto por el clima caluroso del Caribe.

P. ¿Y a la comida?
R. Tampoco he sentido dificultad para adaptarme a la comida, ni en Cuba, ni en República Dominicana. Gracias a Dios siempre he tenido buen apetito y he comprendido que cada país organiza su dieta en conformidad con su idiosincrasia. Lo cual no significa que no se pueda mejorar.  Pero si ellos lo comen, ¿por qué yo no puedo hacerlo?

P. ¿Qué deberían imitar los barakaldeses de la población de Santo Domingo?
R. A vivir sin tanta angustia existencial. Es decir, poner en práctica las palabras de Jesús en el Evangelio: “No andéis preocupados”.

P. ¿Y los dominicanos de los habitantes de la anteiglesia?
R. Un mayor compromiso con la vida. Ésta, la vida, mejora en la medida en que la hacemos mejorar con nuestro trabajo.

En año 2004, en Kobaron.
P. ¿Hasta qué punto es importante en República Dominicana la influencia de nuevas sectas y religiones de procedencia estadounidense?
R. Han tenido un fuerte y extenso desarrollo. Hay una callada campaña de inculturación que invita a copiar el estilo de vida de los ‘americanos’. Las causas, creo, se pueden reducir a dos: por una parte, la poca y pobre educación del pueblo dominicano. Por otra parte, la influencia de muchos dominicanos que, después de residir varios años en Estados Unidos, regresan ‘enriquecidos’ y proyectan la idea de que esa modalidad religiosa es la causa de la mejora económica.

P. ¿Y la práctica del vudú?
R. Esta práctica no se ha extendido en República Dominicana. Existe, sin embargo mucha brujería pero sin llegar a formar estructura, como se da con el vudú en Haití o la santería en Cuba.

P. ¿Cómo han recibido en el país la elección de un nuevo papa latino?
R. Con mucha alegría y júbilo. República Dominicana es un país naturalmente religioso, con una fuerte espiritualidad que se manifiesta en la recepción de los sacramentos y en la devoción a la santísima Virgen, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Altagracia, que se concretan en diversas formas de espiritualidad popular. La devoción al papa es una de sus características.

P. ¿Planea jubilarse en Barakaldo o en Santo Domingo?
R. La palabra ‘jubilación’ no entra en mi vocabulario, aunque los años hagan que las fuerzas disminuyan y el trabajo se reduzca. Por otra parte, aunque sintonizo con todo lo que es propio de mi país (a través de Internet conecto con ‘elcorreo.com’ y leo todos los días las noticias que publica ‘El Correo’),  los 51 años vividos fuera y la mentalidad adquirida en esos años, me inclinan a terminar mi vida en República Dominicana, de la que me siento ciudadano.

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