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Sin Fronteras | Elena Rodríguez, la erasmus en Italia que aprendió a vivir los países

Elena Rodríguez Sáez (1980), barakaldesa de familia emigrante, es decir doblemente barakaldesa, y alumna del colegio de La Inmaculada cuando todavía era femenino, se fue a Turín con una beca Erasmus mientras estudiaba Ingeniería Química. En Italia, además de estar a punto de caer presa del síndrome de Stendhal por el descubrimiento repentino de tantas obras de arte y de rendirse a las pizzas y a los cappuccinos, se rodeó de una cuadrilla multinacional de compañeros de todo el mundo. Su experiencia en Turín le enseñó a viajar ‘viviendo’ los países a los que va, en vez de ‘haciendo turismo’.  Los sacrificios hechos por su familia al trasladarse a vivir a Barakaldo dejando atrás lugares y seres queridos le han hecho recelar de la conveniencia de emigrar para buscar mejores perspectivas laborales.

Pregunta. ¿Qué recuerda de sus años en el colegio de La Inmaculada?
Repuesta. En general, guardo muy buenos recuerdos tanto de mis compañeras —entonces aún no era mixto—, como de mis profesoras y profesores. Éramos un poco revoltosas y más de una vez tuvimos que copiar el libro entero de alguna asignatura como castigo por nuestros pequeños actos vandálicos o de insubordinación. Pero en general se respiraba un ambiente de respeto y compañerismo y manteníamos muy buenas relaciones entre todos.

P. ¿Qué diferencias había entre aquel Barakaldo y el de ahora?
R. Muchísimas. Recuerdo un Barakaldo gris, bastante sucio y con una inmensa nube roja que cubría toda su extensión. Recuerdo por las mañanas, cuando iba al colegio, ver los bares atestados de gente tomando su copita de sol y sombra antes de entrar a trabajar a cualquiera de las grandes empresas que entonces representaban el sustento económico de la zona. La ‘chavalada’ pasábamos el día en la calle, sin la supervisión de los mayores. No hacía falta, todos nos conocíamos y nos sentíamos seguros.

P. ¿Y en qué ha cambiado?
R. Desde entonces Barakaldo ha experimentado una transformación sustancial. Ha crecido muchísimo tanto en extensión, como en población. Donde antes había fábricas ahora hay barrios inmensos. La reconversión ha hecho que la mayor parte de los puestos de trabajo que se han creado en Barakaldo ahora pertenezcan al sector servicios. En mi humilde opinión, ha aumentado la inseguridad. Pero globalmente el cambio ha sido a mejor y creo que entre todos supimos capear la grave crisis industrial que durante unos años asoló a toda la Margen Izquierda y convertirnos en un pueblo más limpio, más bonito, dotado de muchos más recursos y del que todos deberíamos sentirnos orgullosos.

P. ¿A qué se debió la elección de sus estudios superiores?
R. Procediendo de un pueblo tan industrial como Barakaldo, al menos por aquel entonces, la eleccción estaba clara, tenía que ser algo relacionado con este ámbito. Así que me decanté por la Ingeniería Química.

P. ¿Hacer el Erasmus en Italia fue su primera decisión o barajó otros países?
R. Sin duda fue mi primera opción. El idioma no es particularmente complicado, el carácter italiano es muy afín al nuestro y su estilo de vida también. Cambias el vaso de 'txikito' por el de martini y los pinchos por aperitivos y ya estás en Italia.

P. ¿Qué le pareció el país?
R. Es precioso, lleno de gente encantadora y con una riqueza artística inimaginable. Puedes pasear por una callejuela recóndita de cualquier ciudad italiana y toparte de repente con una galería de arte extraordinaria o visitar museos en los que los cuadros y las esculturas casi literalmente se apilan unas sobre otras debido a su abundancia y a la escasez de espacio. Puedes comerte el trozo de pizza más delicioso del mundo en un puesto a pie de calle por una cantidad de dinero insignificante o beberte el café más aromático que hayas tomado en tu vida, en la tasca más cutre del pueblo más recóndito del Piamonte. En general, es un país que merece la pena visitar y vivir.

P. ¿Qué diferencias encontró con la anteiglesia?
R. Turín es una ciudad mucho más grande. Si no recuerdo mal, tiene cerca de un millón de habitantes. Es prácticamente imposible desplazarte andando de un punto a otro de la ciudad. Lo sé, porque acostumbrada a ir andando siempre de un extremo al otro de Barakaldo, durante los primeros días de mi estancia en Turín traté de hacer lo mismo. Sólo conseguí tener agujetas y llegar tarde a clase.

P. ¿El nivel académico era similar?
R. Es distinto, ni mejor ni peor, simplemente distinto. Se evalúa sobre 30, en lugar de sobre 10, y los exámenes se dividen en dos partes, una teórica escrita, la habitual para nosotros, y una segunda parte oral, donde demuestras que no sólo has adquirido unos conocimientos, sino que también sabes aplicarlos.

P. ¿Qué fue lo que más le costó a la hora de adaptarse a la vida en Turín?
R. Sin lugar a duda, acostumbrarme a las clases ininterrumpidas de dos horas, a los exámenes orales y al horario de las comidas, que es como el del resto de Europa, es decir, demasiado temprano para lo que nosotros estamos acostumbrados.

P. ¿Se planteó en algún momento quedarse a vivir allí?
R. Lo cierto es que no. Desde el principio tenía claro que era un viaje de ida y vuelta. Mi objetivo principal era aprender todo lo posible en el tiempo que tenía. Sin embargo, gracias a esa experiencia decidí que cuando viajara a un país no lo haría para visitarlo, sino para vivirlo.

P. ¿De dónde era la gente de su círculo de amigos en Italia?
R. Mi cuadrilla turinesa procedía de lugares muy distintos, Francia, Alemania, Bélgica, Holanda, Polonia, Lituania, Finlandia, México, Chile, Estados Unidos, Tailandia o Japón. Éramos una pequeña Babel. Al principio, más que comunicarnos parecía que estabamos jugando al Tabú o al Pictionary. Pero con el tiempo conseguimos alcanzar un idioma común. Podría decirse que creamos nuestro propio esperanto.

P. ¿Sigue en contacto con ellos?
R. Con algunos sí, pero por desgracia con todos no. Aunque gracias a las redes sociales últimamente he retomado el contacto con muchos a los que ya daba por perdidos.

P. ¿Desde entonces ha viajado a algún otro país?
R. Sí, a unos cuantos. Todos los años, si la economía me lo permite, trato de viajar a un país distinto. Para mí viajar es una experiencia muy enriquecedora. No me refiero a viajes organizados, en los que te arrastran de una ciudad a otra con el tiempo justo para sacarte la foto de rigor junto a la estatua de turno. A mí me va más el ‘mochileo’, callejear o degustar la comida típica de la zona, en los mismos sitios a los que acostumbran a ir los lugareños.

P. ¿Piensa en la posibilidad de irse a trabajar al extranjero?
R. Es algo que me planteo periódicamente. Por un lado, creo que sería beneficioso para mí, desde un punto de vista profesional. Pero por otro, eso supondría alejarme de mi familia. Yo procedo de una familia inmigrante. Comprendo los sacrificios que supone irte a otro país en busca de una vida mejor y sinceramente no sé si estoy dispuesta a hacerlos.

P. ¿Qué le diría a los jóvenes barakaldeses que quieran irse a vivir fuera?
R. Que mediten muy bien esa decisión. Emigrar a un país, no es como ir de vacaciones. Por lo general, la gente no te recibe con los brazos abiertos. Es una apuesta muy arriesgada en la que puedes ganar mucho, pero también puedes perder mucho. Lo importante es organizarse bien. Salir de aquí con un contrato de trabajo y de alquiler ya firmados y conociendo los derechos y las obligaciones que tendremos en ese país. Esa sería, a mi entender, la mejor manera de ahorrarse disgustos y desilusiones.

P. ¿Pero no le parece una posible salida a la situación de paro y crisis que se vive?
R. Comprendo que no estamos pasando por un buen momento, pero emigrar no es la panacea. No conozco ningún país en el que te paguen por no trabajar y a eso hay que añadirle que estás lejos de tu familia y tus amigos. Yo personalmente sopesaría muy bien todos los pros y los contras, siempre desde un punto de vista lo más realista posible.

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